¡Oh, hipsipila que dejó la crisálida,
la princesa está triste, la princesa está pálida!
(Rubén Darío)
La Novia Cadáver.
Soy adicta al cine de Tim Burton desde siempre, porque soy adicta a la Literatura desde que me enseñaron a leer. Y, además, a la Literatura fantástica, esa que no se ha dado por nuestros contornos… Sleepy Hollow, Eduardo Manostijeras, Pesadilla antes de Navidad, Charlie y la Fábrica de Chocolate, Big Fish…
Pero La Novia Cadáver es singular y especial: rebosa Arte en cada secuencia.
Ambientada en la época victoriana, los jóvenes son producto de su época y, de ahí, que entre otros motivos, se llamen Víctor y Victoria, aunque, como se verá, no será el único pretexto: hay otros triunfos. El suyo será un matrimonio de conveniencia entre el ocaso del estatus y el nuevo brillo del capitalismo incipiente por parte de esa burguesía emergente de manos de pescaderos. Mucha Historia se puede aprender aquí, pero vayamos a la primera secuencia que no tiene desperdicio…
Comienza con el vuelo de una mosca que vuela y nos introduce en el mundo real remitido a lo histórico (lo que acabamos de esbozar…), pero también el comienzo es señalado con un libro que se abre y el dibujo de una mariposa. La misma que Víctor tiene en un fanal, como quien resguardara la Fantasía dentro de la profunda grisez del mundo real. La mariposa azul con ocelos amarillos es la única nota de color, que, a través de su vuelo, nos dirige por un mundo de calles brumosas, fiel reflejo de una sociedad (pre)industrial y que despliega ya sus encantos mecanicistas y el despunte capitalista, por medio de los diferentes oficios que se desempeñan en la localidad. Abandonada la mariposa, es como si Víctor hubiese abandonado toda esperanza dantesca de libertad y ensueño por el contrato social que supone su matrimonio…