En un triángulo casi equilátero y divino estaban confluyendo diversas cálidas alegrías.
Ella estaba devorando El eterno marido de Dovstoiesky, a la que había acudido por el amargo placer que le otorgó Felicidad conyugal de Tolstoi.
Mientras su mente analizaba cada detalle, en su boca se deshacía una gominola detrás de otra, que dejaba subsumir para no engordar tanto.
El placer se completaba oliendo el aroma delicado de su crema nutritiva de noche.
Los pies se movían gozosos al tocar la dureza limpia del algodón de las sábanas.





